Bienvenido. Esta semana os recomiendo un artículo de Harvard Business Review que se pregunta si un jefe puede ser demasiado amable. Harvard Business Review
El problema que describen es muy reconocible, el jefe que esquiva la conversación incómoda. El responsable que no cierra el proyecto. El que elogia lo que funciona y nunca dice lo que hay que corregir. Lo han visto en empresas de todos los tamaños, pero «de forma especialmente aguda, en el ámbito de las organizaciones sin fines de lucro».
El artículo trae una encuesta a más de 18.000 empleados de organizaciones sin ánimo de lucro. El 90% dice que su jefe le trata con respeto y solo el 72% cree que lo que le dice le sirve para crecer. Esos dieciocho puntos de diferencia son exactamente la distancia entre ser amable y serlo demasiado. Y hacia arriba pasa lo mismo, porque entre los directores de esas organizaciones el 47% no tiene claro qué espera de ellos su patronato y el 21% nunca ha tenido una evaluación formal de su desempeño.
Lo llamativo es que las cuatro palancas que propone el artículo son casi todas gratis. Decir con claridad qué se espera de alguien no cuesta dinero. Dar una crítica útil en vez de un halago cómodo, tampoco. Dejar de financiar el proyecto que lleva tres años sin ir a ninguna parte, tampoco. La cuarta es la más incómoda. Mantener a alguien en un puesto donde no encaja parece lo más amable, y muchas veces es solo lo más cómodo, porque ahorra la conversación. Lo que pide el artículo es normalizar que esa persona siga su camino, y ayudarla a encontrarlo.
No me malinterpretéis, hacen falta organizaciones más amables, no menos. Lo que pasa es que a veces confundimos la amabilidad con no tener conversaciones difíciles.





